Hola bonita. Como estamos atareadas las dos, le dejo este recuerdito, se acuerda? Mmmm... el final era muuuuy guarro y por eso lo saqué, ¿qué hacemos? ¿lo ponemos entero? Ud sabe que como esto lo administramos las dos, hay que preguntarse todo... jeje.
Bueno, acá está la parte "light"; jajajaja, con algunos cambios, porque lo volví a leer, me volví a calentar, y obvio, me quise meter de nuevo en la historia. Besos, hermosa.
AEROPUERTO
Miraba casi aburrida pasar la gente, ver la luz roja cada tanto y cómo apartaban a alguien que, entre confundido y nervioso, pasaba de pronto a ser sospechoso de quién sabe qué. Hacíamos bromas con mis compañeros cada vez que se venía algún personaje interesante, “a esta la revisamos”, “este bombonazo es mío” y poníamos el alerta manualmente, esas pavadas que nos hacían pasar el rato y cada tanto ratonearnos un poco. El oficial de turno para controlar a los pasajeros era un cretino más o menos machista –supongo que serán gajes del oficio– que sin embargo me tenía respeto. Y no se trataba sólo de una cuestión de jerarquía, yo tenía diez veces más calle que él. Solía de todos modos presentirlo hablando de mí a mis espaldas. Él controlaba a los pasajeros, yo tenía que controlarlo a él.
Te vi desde lejos, antes que él. Venías caminando muy rápido y firme, anteojos oscuros, traje ajustadísimo de pollera y saco, polera blanca apretada al cuerpo. Tu intención no podía ser la de pasar inadvertida, sino la de amedrentar. Y vaya si lo hacías, bastaba sólo con ver la reacción de la gente a tu alrededor. Ejecutiva, empresaria, qué más daba. No era tu viaje –o no quería parecer– de placer. Sí, tengo que confesar que me impresionaste. Sabía de cualquier modo permanecer inmutable. Esperé, como estaba, fuera de escena.
Sabía que Suárez accionaría la alarma, no tenía ninguna duda. Te apartó y te indicó que abrieras tu valija, lo hiciste con un gesto brusco y seguro ¡Qué altanera y audaz, resultaste!, entre la ropa, sin necesidad de revisar demasiado, se dejaban ver impúdicos algunos juguetes eróticos y suelta, como si las hubieras recordado a último momento a la hora de empacar, unas ropas interiores más que sensuales. Zarpadas, diría yo. Hasta ese momento Suárez había mantenido la compostura, incluso la autoridad. Un tipo alto, de cuerpo atlético y de uniforme no se dejaba amedrentar así nomás. Además, se jactaba de ser un ganador con las mujeres y me constaba que lo miraban mucho, yo misma lo había mirado más de una vez por lo bueno, si no fuera tan imbécil...
Pero cuando tuvo que abrir ese objeto, girarlo, buscarle botones, aberturas, dispositivos, comenzó a inquietarse. Y cuando, al correr una pestaña oculta, ese objeto, esa perfecta pija comenzó a moverse en su mano, ante su desconcierto vos sonreíste divertida, gastadora, y lanzaste.
–Me imagino que sí había visto uno de estos, antes ¿no oficial?
Confieso que me morí. Apreté mis labios intentando reprimir mi carcajada, te hubiera morfado. Y Suárez, si hubiera podido, te hubiera matado. Lo apagó, disimuló, te miró con odio mientras lo bajaba para apoyarlo en la mesa y la bronca hizo que se le resbalara. Tu cara y la de él fueron transformándose simultáneamente cuando el objeto rebotó contra el piso, se quebró y una planchita de papel asomó, casi imperceptible.
Suárez pasó de la sorpresa a la jactancia casi sin solución de continuidad. Era además, de sus poses imbéciles, la más imbécil de todas.
–Ahá, dijo. ¿Qué tenemos acá? Creo que ya he visto uno de estos antes. Y sonrió de costado, canchero.
Los veía, todavía desde fuera de escena, y no podía más que disfrutarte con esa cara de odio. El imbécil de Suárez había ganado un punto de casualidad, y vos, que podías darle tres vueltas, estabas a su merced. O eso creía él, porque fue sólo decir “vamos a tener que revisarla” para que enseguida lo hicieras dudar, retroceder. Lo apartaste casi violentamente con sólo una seña y hasta ahí decidí que te iba a dejar hacer.
Avancé a paso firme preguntando con autoridad “¿qué pasa?”, “la señora…” empezó a balbucear Suárez como un imbécil y vos, ignorándolo, te me paraste enfrente y dijiste: “este tipo no me pone una mano encima”.
–Me parece bien, dije, y agregué, mirando al costado mientras Suárez llamaba a otro oficial para que se lleve la evidencia –pero tenemos que revisarla.
–Y sí. Dijiste enojada, prepotente, casi como insultándome.
–Pase por aquí, dije seria, mientras verificamos qué es eso, demasiado escondido para ser cartas de amor. Y te empujé a un cuarto muy austero, con dos sillas y una mesa. También entró Suárez, quien por supuesto disfrutaba intensamente la escena.
–¿Me van a interrogar? Preguntaste sin perder un gramo de tu tranquilidad.
–No ahora, en todo caso, señora, a mí me toca revisarla.
Me encantaba esa escena, vos seria, orgullosa, sin saber qué te iba a pasar y sin embargo sin dar el brazo a torcer. Pero yo no me estaba jugando nada y vos ya estabas jugada, sólo era cuestión de esperar. Ambas sabíamos eso, y sin embargo… Tus gestos firmes parecían ofrecer una batalla durísima. Y eso me iba poniendo, poco a poco, a mil.
Te ordené pararte frente a mí, agresiva. Te tomé de las axilas y apreté tus costados. Bajé las manos por ambos lados de tu cuerpo decididamente, apretando. Palpé tus tetas, las sentí, las disfruté y supe que en lo efímero –porque no podía detenerme mucho tiempo– estaba también lo intenso. Estabas tiesa. Bajé por tu cintura, te miré sorpresivamente y te descubrí mirándome, seguí hacia abajo, te palpé según el reglamento, sólo deteniéndome levemente en donde mis manos encontraban placer. Levanté apenas tu pollera y mientras con mi cuerpo tapaba un poco (no quería taparla del todo) la visión de Suárez, cuando metí la mano por debajo de tu pollera me dedo meñique se coló bajo tu tanga. Apenas te moviste. Apenas te toqué, pero fue sublime. Fui bajando por tus piernas, lentamente. Mmmm… me encantaba ese trabajo.
–¿Terminó? Dijiste.
–No creo. Dije tranquila, respondiéndote. Voy a tener que inspeccionarla mejor, porque intuyo que en sus papelitos debe haber unas gotitas…
No dijiste nada pero tu cara no era la misma, eso podía asegurarlo. Suárez estaba a un lado, esperando entre triunfal y animado, el hijo de puta realmente lo estaba disfrutando. Y yo iba a jugar con los dos.
–Desvístase, por favor. Quédese en ropa interior.
Te quedaste un segundo absorta, te recompusiste en seguida y dijiste:
–No con él adelante.
–Señora, dije enérgicamente. –Desvístase. Su situación, le comento, no es fácil. El oficial se irá cuando tenga que revisarla sin su ropa interior, enfatizando el “sin” para que no tuvieras ninguna duda. Mis gestos firmes y mi voz no dejaban lugar a apelación.
Comenzaste a sacarte la ropa, casi sensualmente. El saco, que colgaste de la silla, y la polera. Hermosa, pensaba mientras te veía. Y no sólo yo. Suárez estaba con la boca semiabierta, cubriendo con su mano el bulto que se notaba ya. Con disimulo, intentaba acomodarlo dentro del pantalón sin éxito. El uniforme no ayudaba a esa tarea, sí que era grande. Desabrochaste tu pollera y fuiste bajándola con dificultad, quedándote en medias de nylon y ropa interior. Y vaya ropa interior. Me acerqué para ayudarte mientras Suárez no sabía si abalanzarse sobre nosotras, pajearse o salir corriendo. El uniforme beige dejaba notar claramente la gotita de líquido que se le notaba y me provocaba –si eso era posible– más calor.
Lo miré de frente, se sintió confundido. Con ambas manos sobre su bulto, salió como sin rumbo, confundido y rápido, perturbado. Hasta sentí pena por él, aunque me excitaba pensarlo urgente, camino al baño.
Quedamos sólo las dos. Te pedí que te sacaras la ropa interior. Estabas hermosa y entregada a mí, aunque no voluntariamente y yo disfrutaba eso. Creo que te diste cuenta.
Cuando te tuve paradita y sin un solo anillo frente a mí y sin saber qué hacer con tus manos, me acerqué a vos y te dije: –ahora apoye sus manos sobre la mesa e inclínese. Me miraste sorprendida: quizás no te combinaba la orden con el trato respetuoso (¿o autoritario?) pero te descoloqué. “En cuatro”, dije con más autoridad. Te toqué, te rocé, apenas te metí un dedo. Te estremeciste, te moviste.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
lunes, 15 de septiembre de 2008
Pensándola
Ese tino, tiene. De dejarme hirviendo con dos palabras, dichas casi de paso. Dos párrafos, seamos justas. Que leídos antes de salir del trabajo (primero rápido, pero después releídos más lentamente y otra vez más, disfrutándolo) provocaron que mi viaje en colectivo fuera entre delicioso y desesperante. Un jean ajustado, usted sabe qué pasa, (y encima estoy sola, guacha, guachísima, hace casi un mes) y esos dos párrafos girando en mi cabeza, todo un tiempo parada, el colectivo lleno de gente y yo pensándola, pensando en esa escena, la corbata, mis tetas sobre su espalda, apretarla, morderle el cuello, acostarla, bebérmela. Uff.
Largo viaje el mío. Y lejos, mi casa, tanto que el colectivo se va vaciando y yo voy buscando el mejor lugar para sentarme, y pensarla, en esos asientos de cuatro enfrentados entre sí, ya casi completamente sola en el colectivo y yo pensándola frente a mí apresándola entre mis piernas… qué delicia de viaje, no se imagina...
Largo viaje el mío. Y lejos, mi casa, tanto que el colectivo se va vaciando y yo voy buscando el mejor lugar para sentarme, y pensarla, en esos asientos de cuatro enfrentados entre sí, ya casi completamente sola en el colectivo y yo pensándola frente a mí apresándola entre mis piernas… qué delicia de viaje, no se imagina...
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Eras vos...
El se acercó por la espalda, y sentí todo su cuerpo apoyándose sobre mí. Acaricié su brazo fuerte. Lo sentí. Y allí, su corbata salió de su cuello, y cubrió mis ojos. Sentí la tela cegándome.
Y allí, mágicamente, él se convirtió en vos. Fuiste vos otra vez, que me ayudabas a ponerme sobre la cama. Me desnudabas, me besabas. Vos, que recorrías con tu lengua mi cuello, que con las yemas de tus dedos rozabas mis pechos.
Eras vos. Y no quería que dejaras de ser vos. Por eso, en cuanto sentí que él se arrodillaba, colocaba las manos en mis gluteos, y se disponía a penetrarme, instintivamente grité ciegamente "NO!... primero quiero que me la chupes".
Y ahí sí... volviste a ser vos, que me soltaste y te hundiste en mi pubis. Con toda la boca, con toda la cara, con toda la lengua, dándome lo que buscaba, como si intentaras secarme.
Cosa, que nunca iba a ocurrir, mientras vos siguieras estando en mi cabeza.
Y allí, mágicamente, él se convirtió en vos. Fuiste vos otra vez, que me ayudabas a ponerme sobre la cama. Me desnudabas, me besabas. Vos, que recorrías con tu lengua mi cuello, que con las yemas de tus dedos rozabas mis pechos.
Eras vos. Y no quería que dejaras de ser vos. Por eso, en cuanto sentí que él se arrodillaba, colocaba las manos en mis gluteos, y se disponía a penetrarme, instintivamente grité ciegamente "NO!... primero quiero que me la chupes".
Y ahí sí... volviste a ser vos, que me soltaste y te hundiste en mi pubis. Con toda la boca, con toda la cara, con toda la lengua, dándome lo que buscaba, como si intentaras secarme.
Cosa, que nunca iba a ocurrir, mientras vos siguieras estando en mi cabeza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)