Estaba en la góndola de bebidas. Miré, fui hacia delante, hacia atrás. Recorrí todo el supermercado, sin encontrar lo que buscaba. Finalmente, sí… ahí estaba: Vodka. Tomo la botella con ambas manos. E imagino el líquido recorriéndote. Cayendo desde tu cuello. Mis pies me llevan a la góndola de frutas y voy directamente hacia las frutillas. Selecciono una por una. Las aprieto, intentando reconocer las más suaves. Las más jugosas. Las que mejor puedan combinar con vos. Las de superficie más rugosa, las que puedan hundirse en la humedad de tu zona más sensible y hacerte sentir un cosquilleo fuerte. Termino de llenar la bolsa imaginándote, y mis pasos van hacia la heladera de congelados. Es la hora de elegir los helados. Busco los que mejor se vean en tu cuerpo. ¿De crema? Puede ser… imagino una cucharada grande, que cae por tu espalda. Pero, mis ojos llegan a una caja de helado en palito. Y es tentador desde el envase. Esa forma fálica… finito en la punta, ensanchándose hacia la base. Sí, sin dudas quiero esa caja. El sabor es lo de menos. “Sea cual sea, va a tener sabor a vos”, pienso mientras guardo el envase en el changuito y voy directamente hacia la caja. Pienso en la cajera, que jamás se imaginaría para qué voy a usar todo esto. Ella no me transmite nada. “Su ticket señorita..:” dice al pasar, mientras yo ya estaba por la puerta.
Caminé despacio, imaginando cómo estarías. Disfrutando ese momento. Mirando vidrieras, pero sin poder sacarte de la cabeza por un segundo.
El ascensor sube, y llega. Me imagino que lo habrás escuchado, porque la puerta de mi casa está al lado de la salida.
Mis tacos suenan muy fuerte en el pasillo. Me alegro, ya sabés que soy yo. Que estoy en la puerta. Tardo unos segundos en meter la llave, buscando que te sientas insegura, que dudes, que no sepas si realmente yo había llegado.
Finalmente, me apiado de vos, meto la llave, y abro la puerta.
Todo está tal cual lo dejé, hace ya un buen rato. La lámpara de pie encendida, que le da al living un aspecto de semipenumbras. Tu ropa tirada en el suelo. La mesa a medio servir. Y vos, arrodillada sobre la mesita ratona de madera. Tus rodillas, bien separadas una de otra, te dejan expuesta a mí. Tus manos, amarradas a la espalda como yo sola se hacerlo, te muestran cautivadoramente indefensa. Sutilmente entregada. Y tus ojos, vendados, seguramente te ayudan a que por tu cabecita pasen mil imágenes de lo que vas a disfrutar en las próximas horas. Muchas horas, de hecho.
-Te odio.
Me decís, con una sonrisita suave y la voz entrecortada. Que quiere decir, “te estaba esperando, haceme todo lo que me quieras, pero hacelo ya!”
Dejo la bolsa en el suelo, me agacho, y acariciándote el cuello, te doy un beso suave y tierno sobre tus labios.
Me buscás, pero me alejo. Apoyo la bolsa de las compras en el suelo. Y dejo caer mis zapatos. Me acerco a tu oreja… te doy un suave mordisco, y te digo:
-Ahora comienza la noche, Heroína.
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