Hubiera podido atajarte en el aire si me hubiera dado cuenta un segundo antes del tropiezo, porque estabas muy cerca de mí. Habías pasado casi corriendo y con esos zapatos de tacos altos y esas calles tan rotas, la consecuencia era previsible. Caíste de rodillas, casi sentí yo el dolor del raspón contra el cemento cuando aterrizaste, literalmente, en el piso. Te ayudé inmediatamente a incorporarte, y sonreíste. “Qué papelón”, me dijiste y reíste, mientras veía que tus medias estaban absolutamente rotas y algo de sangre asomaba en tu rodilla izquierda.
–qué importa el papelón, dije. Te lastimaste..
–No es nada, dejá, es que llego re tarde y…
–¡Pero tarde adónde! te lastimaste!, dije casi con desdén, como si tuviera que retarte.
–No, no, ya sé, respondiste como enojada. Te molestó el reto, evidentemente, o la idea de que alguien se preocupara, quizás. Y con cara de “y a vos qué te importa!”, continuaste: –Es que tengo un trabajo.
Lo dijiste con suficiencia y altanería. Cuando respondí “sí, claro, todos tenemos”, noté tu cara de irritación, y eso me resultó divertido.
–Lo que pasa –continué –y esto lo hice casi perversamente, sólo para provocarte–, es que yo no tengo que rendirle cuentas a nadie y puedo detenerme un segundo, al menos a limpiarme la rodilla. Quería demostrarte que podía sacarte varios cuerpos de ventaja.
Tu cara se puso roja de furia y sólo te diste vuelta para irte, sin un gracias ni un saludo y mirando de reojo para buscar un taxi mientras caminabas, rápido. Destilabas odio, se notaba tanto.... y a mí la situación empezaba a seducirme. Me había quedado atrás y los autos iban en el sentido hacia el que caminábamos, si venía algún taxi, primero tenía que pasar por mi lado. Casi sin pensarlo me di vuelta justo en el momento en que se acercaba uno, al que paré estirando el brazo tan teatralmente como podía mientras gritaba “¡¡¡taxi!!, ¡¡taxiii!!!”, para que pudieras apreciarlo desde los 40 metros que ya nos separaban. Te ví mirarme mientras me subía, y te sonreí.
Lo hice parar a tu lado, conocía el riesgo pero ya estaba jugada.
- Ey… te llevo”, dije, esperando recibir tu insulto
–Gracias, respondiste altanera. Grande fue mi sorpresa cuando me miraste con odio, abriste la puerta y te metiste en el taxi.
–Yo tampoco tengo que rendirle a nadie, dijiste.
Me quedó claro que el motivo por el que subiste (porque me veía en vos), era que estabas tan furiosa que no estabas dispuesta, de ningún modo, a dejar las cosas así. Tus ojos parecían emitir chispas, me odiabas, querías vengarte. Y sin embargo ahí estabas a mi disposición. Y estabas hermosa.
–Devoto, para el lado de la estación, indiqué al taxista, mientras te miraba las rodillas. -Te hiciste mierda, dije, sonriendo… -casi podía haberte agarrado…
Saboreaba el momento de llegar a casa, pensar tu venganza, veía tu cara simulando tranquilidad pero maquinando la forma de vengarte... lo sabía y eso me ponía a mil. Y tu cercanía en el taxi, una actitud entre furiosa y altanera mezclada con tu perfume y el desorden de tu pelo. Moría por besarte allí mismo y te miré la boca sin disimulo. Hiciste un gesto de "sólo eso me faltaba", y dirigiste tu mirada hacia la ventanilla. Mi guerra había sido declarada, así que -suavemente- pasé mi mano por tu pierna mientras el taxista preguntaba si me parecía bien tomar la General Paz. Sólo un segundo en responder que sí, después de pensar que era más largo y qué bueno que el tachero pensara que no sabíamos dónde estábamos y se dispusiera a pasearnos. Estabas dura, tiesa. Y yo sabía que era porque estabas buscando la mejor reacción. No querías retirar la pierna, hubiera sido infantil. Tampoco enojarte, aunque sabías que era necesario intervenir. Entonces me miraste fijamente y preguntaste -¿A tu casa, no? ¿Tenés botiquín? Confieso que me sorprendiste... confirmé mi sospecha de que me estabas doblando la apuesta cuando posaste tu mano sobre la mía. Te miré a los ojos y ví ahí tu venganza: no era yo la que te tenía, sino al revés. Lo supe cuando miraste provocadoramente mis labios. Sentí que un temblor recorría todo mi cuerpo. Empujé levemente mi pierna contra la tuya, respondiste haciendo lo mismo, mientras nuestros dedos comenzaban a tocarse muy suavemente, tu mano sobre la mía, la mía sobre tu pierna. Presioné suavemente y volví a mirarte, me sentía húmeda, y esta vez tu cara me devolvió una mirada distinta, tensa también, pero anhelante, demandante, como queriéndome decir "sí, linda, sí, quiero que me tengas, quiero ser tuya, quiero que me hagas de todo". O eso entendía mi caliente cabecita.
No me importó que el taxista empezara a mirar cada vez más seguido por el espejo, y más de una vez hasta buscara la mejor visión moviendo la cabeza casi indiscretamente. No era para menos, si había notado nuestros suspiros y visto nuestros dedos entrelazados. Quizás por eso manejara tan lentamente y -con disimulo- llevara su mano izquierda al bulto inmenso que se le había formado en el pantalón. Y quizás porque también estabas dispuesta a jugar con él, esperaste que mirara por el espejo, me agarraste la cara y me estampaste un beso profundo, metiendo tu lengua adentro de mi boca. Me sonreíste con picardía, como queriendo explicar que era para jugar con él, señalándolo con tu mirada. "¿Ah, sí?" pensé. Y siguiéndote el juego, guié tu mano apoyada en mi rodilla hacia arriba hasta casi rozar mi sexo, mientras la cabeza de nuestro compañero buscaba -esta vez con menos disimulo- la mejor posición para no perderse detalle. Lo vimos sudar, acomodarse nuevamente la pija, respirar entrecortadamente y vos, guacha, guachísima, casi te tiraste encimo mío para ponerle una mano en el hombro pero tocando su cuello y acariciándolo distraídamente con tus uñas, al tiempo que le decías con una voz que venía desde el lugar más profundo del deseo: "¿te gusta mirar, mi amor?"
Yo creí que se iba en seco ahí nomás, creo que lo impidió tu carcajada, que hizo que se avergonzara un poco. Ya estábamos llegando, de todos modos... y sabíamos que lo único que le quedaba era una buena paja. Y a nosotras, a vos y a mí, toda la noche por delante...
1 comentario:
Muchas veces me siento el taxista. Leer este blog me hace sentir así: estoy acá sentado, llevado por la rutina y de repente me encuentro con esto. La erección que tengo no la puedo disimular.
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