martes, 26 de agosto de 2008

El Estacionamiento

El otro día soñé con vos. Sí, eras vos, Heroina. Heroica. Hermosa. Estábamos en una playa. Pero no una playa de arena y mar. No soy tan romántica. Era una playa de estacionamiento. Íbamos a un auto. Un auto grande. No el mío. Mis tacos repiqueteaban y retumbaban. Solo recuerdo los míos. Seguramente vos te deslizabas a mi lado. Por eso, cuando llegamos al auto, te atrapé contra el auto, como quien atrapa una mariposa que está volando. Y te puse los pies sobre la tierra. Para que veas lo que se siente dejarse llevar. Y me apoyé sobre vos. No te miraba con ternura. Más bien, clavaba mis ojos sobre los tuyos. Y vos, con tus ojos caídos, apenas podías sostener mi mirada. Ni bien intentaste mirar hacia otro lado, te tomé de la barbilla, y te besé. Vos cerraste los ojos para sentirme. Yo los mantuve abiertos, para verte.
Nuestras lenguas jugaron, nos lamimos, nos dejamos llevar. Mi mano te atrapó el cuello. Sentí las tuyas en mi cintura.
Y comencé a desnudarte. Ahí, en medio de los autos, del olor a aceite y nafta y fierros retorcidos, te fui quitando todo, y arrojando tus prendas a un lado y otro del lugar. Tu pollera quedó colgando de un caño del techo. Ya nada importaba. Nuestas manos abrieron una de las puertas, y ahí caímos las dos, en el asiento de atrás. Vos debajo, yo arriba. Nos abrazamos, nos torturamos sintiéndonos, sin importar nada, ni siquiera los sonidos de otros pasos. Tu ropa interior voló por la puerta abierta. Y me dediqué a hacerte gemir. Vos totalmente desnuda. Yo totalmente vestida. Te lamí, te comí. Y te dejé. Desesperada, con la mirada perdida.
Yo, despeinada e incómoda, me senté en el asiento del conductor, dejándote atrás. Nos alejamos en el auto. Y acomodé el espejo retrovisor, para disfrutarte a lo largo del viaje.
Tu ropa quedó allá. Entre autos y caños de agua. Por un buen tiempo, no la ibas a necesitar.

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